lunes, 29 de septiembre de 2014

Parte 1

Josefina salió corriendo de su casa, aquella que logró arrebatarle al ex marido tras un juicio de varios años. Jamás había salido sin maquillaje, sin repasar con perfección una y otra vez su rostro con una exclusiva marca que una famosa actriz promociona en televisión.
Su preocupación por la belleza era extrema, al punto que prefería invertir un sueldo mínimo al mes en un maquillaje de renombre internacional antes que tener todos los días lo suficiente para comer. Para reducir en parte el cargo de conciencia, ahora compraba sus productos de belleza en 12 cuotas y con varias tarjetas de crédito.
Incluso, en una de sus habituales reuniones con sus compañeras del colegio inglés, comentó alguna vez, llevada por el calor de un par de mojitos, que hace unos años compró comida enlatada a días de vencer con tal de tener dinero para su exclusivo maquillaje.
Josefina seguía corriendo, veía pasar las esquinas de su barrio como si fuera una película y su pelo castaño desordenado se movía al viento en esta frenética carrera en pijama y pantuflas.
Su mente sólo le daba órdenes a su cuerpo de correr y correr por las calles vacías de su condominio... era la hora en que muchos padres salían a dejar a sus hijos al colegio pero, en forma inexplicable, esa mañana no había nadie.
A medida que avanzaba podía sentir el frío matutino en su rostro y percibir con claridad esas pequeñas puntadas que clavan la cara en las gélidas mañanas de invierno.
Las calles de su barrio estaban mojadas por el rocío de la mañana, lo que le jugó más de alguna mala pasada en su frenética carrera. Resbaló al menos un par de veces, pero no le importó la posibilidad de caer al suelo... su mente le indicaba que era más importante seguir corriendo, sin parar, pese a que los dolores estomacales y la fatiga ya eran muy perceptibles.
Josefina es de aquellas personas que todos los años se inscriben en un gimnasio antes del verano pero que el entusiasmo se acaba antes de siete días aunque hayan firmado un contrato por seis meses que las obliga a pagar todo aunque no vayan.
Por ese motivo, correr 50, 100 o 200 metros no era algo que estuviera dentro de lo habitual para esta madre de tres hijos, divorciada, profesional, maniática de la limpieza hogareña y desconfiada de sus pretendientes.
Siempre creía que los hombres se acercaban a su lado por su figura, por tener un apellido anglosajón y gran parte de su vida resuelta. Tener más hijos ya era imposible. Eso lo dejaba en claro desde la primera cita con aquellos pretendientes que lograban pasar los filtros iniciales.
Los dolores producto de la carrera ya no sólo se centraban en su vientre. A sus muslos ya habían llegado los calambres, la garganta estaba seca y la visión comenzaba a nublarse. Sin embargo, la mente era la que dominaba al cuerpo en esta carrera matinal con pijama y pantuflas por las calles de su barrio... (continuará)

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