Josefina detuvo su loca carrera por las calles de su condominio en el portón de acceso. Exhausta, sudada y con claros síntomas de fatiga, vio que la barrera vehicular metálica pintada de rojo y blanco estaba abajo y el portón metálico negro cerrado.
En la caseta de vigilancia debía estar don Pedro, un conserje bonachón, de pelo cano y unos 75 años que, pese a estar jubilado hacía varios años, trabajaba como guardia para poder tener un pasar más o menos digno.
Josefina saludaba todas las mañanas con la mano a don Pedro, quien apenas veía el automóvil blanco de la mujer sabía que debía levantar rápidamente la barrera del condominio para que ella saliera a toda velocidad con sus tres hijos a bordo rumbo al colegio.
Más de alguna vez Josefina pensó, tras despedirse de él con una fugaz sonrisa, “este viejito debería estar en un asilo... un par de ‘patos malos’ no se demorarían nada en amarrarlo y desvalijar las casas”. Mirándolo por el espejo retrovisor, inmediatamente se le venía a la mente que tenía un innegable parecido con su fallecido abuelo Carlos, quien en realidad había ejercido el rol de papá.
Tras su inédita y angustiante maratón matutina, Josefina intentó recuperar por un par de segundos su agitada respiración apoyada sobre la barrera y buscó con la mirada a don Pedro en la caseta de vigilancia.
“Don Pedro, don Pedro...” intentó gritar, pero la mezcla de angustia con cansancio físico le impidió elevar la voz... sufría una disfonía nerviosa similar a la que sintió hace unas semanas en el clímax de una pesadilla, cuando desesperadamente intentó gritar y no pudo emitir sonido alguno. Aquella vez despertó bañada en sudor, con taquicardia y pidiéndole a Dios no tener nunca más un sueño similar.
Josefina fijó entonces su mirada en la puerta entreabierta de la caseta de vigilancia, la cual estaba a un par de metros de distancia y tenía sus vidrios empañados. Con temor por no saber con qué se encontraría, caminó lentamente hacia ella apoyada en la barrera y metió su cabeza despacio dentro del pequeño cubículo, el que estaba muy mal iluminado por una pequeña ampolleta.
El grueso libro donde se anotan las visitas y las novedades del condominio estaba abierto y sobre él había un lápiz Bic sin tapa. Junto al libro, al costado derecho, había un mate con su bombilla, un termo y una radio-reloj que marcaba “00:00” en forma intermitente, con números rojos, lo que era una señal que en algún momento se había producido un corte de electricidad.
Una antigua estufa eléctrica, ubicada bajo la tabla de madera que servía de improvisado escritorio, estaba encendida al máximo, lo cual explicaba que las ventanas estuvieran empañadas.
Josefina ingresó lentamente a la caseta, se sentó en la única silla que cabía en ese estrecho lugar y recorrió con la mirada todos los espacios. No había signos aparentes de violencia. Sin embargo, el citófono que comunica el puesto de vigilancia con las casas estaba descolgado y el auricular llegaba al suelo, por lo que, lentamente, lo tomó y regresó a su lugar.
Quizás con la secreta esperanza que estuviera viviendo una nueva pesadilla, Josefina cerró los ojos, agachó la cabeza, apoyó sus codos en la tabla y se tapó la cara con las manos por algunos segundos, tras lo cual levantó la mirada y la fijó en un horizonte aparente. Era una mirada hacia la nada, sin ningún destino... (continuará)
Josefina
lunes, 29 de septiembre de 2014
Parte 1
Josefina salió corriendo de su casa, aquella que logró arrebatarle al ex marido tras un juicio de varios años. Jamás había salido sin maquillaje, sin repasar con perfección una y otra vez su rostro con una exclusiva marca que una famosa actriz promociona en televisión.
Su preocupación por la belleza era extrema, al punto que prefería invertir un sueldo mínimo al mes en un maquillaje de renombre internacional antes que tener todos los días lo suficiente para comer. Para reducir en parte el cargo de conciencia, ahora compraba sus productos de belleza en 12 cuotas y con varias tarjetas de crédito.
Incluso, en una de sus habituales reuniones con sus compañeras del colegio inglés, comentó alguna vez, llevada por el calor de un par de mojitos, que hace unos años compró comida enlatada a días de vencer con tal de tener dinero para su exclusivo maquillaje.
Josefina seguía corriendo, veía pasar las esquinas de su barrio como si fuera una película y su pelo castaño desordenado se movía al viento en esta frenética carrera en pijama y pantuflas.
Su mente sólo le daba órdenes a su cuerpo de correr y correr por las calles vacías de su condominio... era la hora en que muchos padres salían a dejar a sus hijos al colegio pero, en forma inexplicable, esa mañana no había nadie.
A medida que avanzaba podía sentir el frío matutino en su rostro y percibir con claridad esas pequeñas puntadas que clavan la cara en las gélidas mañanas de invierno.
Las calles de su barrio estaban mojadas por el rocío de la mañana, lo que le jugó más de alguna mala pasada en su frenética carrera. Resbaló al menos un par de veces, pero no le importó la posibilidad de caer al suelo... su mente le indicaba que era más importante seguir corriendo, sin parar, pese a que los dolores estomacales y la fatiga ya eran muy perceptibles.
Josefina es de aquellas personas que todos los años se inscriben en un gimnasio antes del verano pero que el entusiasmo se acaba antes de siete días aunque hayan firmado un contrato por seis meses que las obliga a pagar todo aunque no vayan.
Por ese motivo, correr 50, 100 o 200 metros no era algo que estuviera dentro de lo habitual para esta madre de tres hijos, divorciada, profesional, maniática de la limpieza hogareña y desconfiada de sus pretendientes.
Siempre creía que los hombres se acercaban a su lado por su figura, por tener un apellido anglosajón y gran parte de su vida resuelta. Tener más hijos ya era imposible. Eso lo dejaba en claro desde la primera cita con aquellos pretendientes que lograban pasar los filtros iniciales.
Los dolores producto de la carrera ya no sólo se centraban en su vientre. A sus muslos ya habían llegado los calambres, la garganta estaba seca y la visión comenzaba a nublarse. Sin embargo, la mente era la que dominaba al cuerpo en esta carrera matinal con pijama y pantuflas por las calles de su barrio... (continuará)
Su preocupación por la belleza era extrema, al punto que prefería invertir un sueldo mínimo al mes en un maquillaje de renombre internacional antes que tener todos los días lo suficiente para comer. Para reducir en parte el cargo de conciencia, ahora compraba sus productos de belleza en 12 cuotas y con varias tarjetas de crédito.
Incluso, en una de sus habituales reuniones con sus compañeras del colegio inglés, comentó alguna vez, llevada por el calor de un par de mojitos, que hace unos años compró comida enlatada a días de vencer con tal de tener dinero para su exclusivo maquillaje.
Josefina seguía corriendo, veía pasar las esquinas de su barrio como si fuera una película y su pelo castaño desordenado se movía al viento en esta frenética carrera en pijama y pantuflas.
Su mente sólo le daba órdenes a su cuerpo de correr y correr por las calles vacías de su condominio... era la hora en que muchos padres salían a dejar a sus hijos al colegio pero, en forma inexplicable, esa mañana no había nadie.
A medida que avanzaba podía sentir el frío matutino en su rostro y percibir con claridad esas pequeñas puntadas que clavan la cara en las gélidas mañanas de invierno.
Las calles de su barrio estaban mojadas por el rocío de la mañana, lo que le jugó más de alguna mala pasada en su frenética carrera. Resbaló al menos un par de veces, pero no le importó la posibilidad de caer al suelo... su mente le indicaba que era más importante seguir corriendo, sin parar, pese a que los dolores estomacales y la fatiga ya eran muy perceptibles.
Josefina es de aquellas personas que todos los años se inscriben en un gimnasio antes del verano pero que el entusiasmo se acaba antes de siete días aunque hayan firmado un contrato por seis meses que las obliga a pagar todo aunque no vayan.
Por ese motivo, correr 50, 100 o 200 metros no era algo que estuviera dentro de lo habitual para esta madre de tres hijos, divorciada, profesional, maniática de la limpieza hogareña y desconfiada de sus pretendientes.
Siempre creía que los hombres se acercaban a su lado por su figura, por tener un apellido anglosajón y gran parte de su vida resuelta. Tener más hijos ya era imposible. Eso lo dejaba en claro desde la primera cita con aquellos pretendientes que lograban pasar los filtros iniciales.
Los dolores producto de la carrera ya no sólo se centraban en su vientre. A sus muslos ya habían llegado los calambres, la garganta estaba seca y la visión comenzaba a nublarse. Sin embargo, la mente era la que dominaba al cuerpo en esta carrera matinal con pijama y pantuflas por las calles de su barrio... (continuará)
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